La defensa de la libertad y los derechos humanos marcó el inicio del curso académico 2025-2026 en la Universidad de las Hespérides, que el pasado 7 de noviembre celebró su lección inaugural con la investidura de Thor Halvorssen Mendoza, fundador de la Human Rights Foundation, como doctor honoris causa.

13 noviembre 2025 17:43

La defensa de la libertad y los derechos humanos marcó el inicio del curso académico 2025-2026 en la Universidad de las Hespérides, que el pasado 7 de noviembre celebró su lección inaugural con la investidura del venezolano Thor Halvorssen Mendoza, fundador de la Human Rights Foundation, como doctor honoris causa en reconocimiento a una trayectoria dedicada a la dignidad humana y la lucha contra la opresión, en un acto solemne que reunió a profesores, estudiantes y autoridades universitarias.

Uno de los momentos culminantes fue la lectura de la carta de María Corina Machado, reciente Premio Nobel de la Paz. Leída por Carolina Rodríguez Baptista, miembro del Consejo Asesor, la misiva celebró que la Universidad de las Hespérides entregase “su más alto honor a un hombre que ha hecho de la libertad una llama que no se apaga”. Destacó que al conferir el laurel del saber a un defensor de la libertad, la universidad “hace más que honrar a un individuo: reivindica una civilización”, y recordó que esta casa de estudios “nacida de la fe en la inteligencia libre, se levanta como un templo de la razón en tiempos que parecen temerla”. Dirigiéndose a Thor Halvorssen, añadió: “Has caminado el mundo con la luz obstinada de quienes se niegan a arrodillarse ante la tiranía. Has convertido la indignación en oficio y la compasión en destino. La libertad —escribía Machado— no muere solo por la fuerza, sino también por el cansancio (…) no se hereda, se conquista con el valor de cada generación”.

El padrino de la investidura, el periodista y empresario Marcel Granier, quien padeció directamente el autoritarismo de Hugo Chávez tras la confiscación de Radio Caracas TV, destacó el valor simbólico de celebrar este reconocimiento “en una universidad de vanguardia que puede ser un ejemplo muy bueno para nuestro país”. Granier hizo un recorrido por la historia reciente de Venezuela, que “tras los complicados siglos XIX y XX, conoció el progreso y la libertad, pero volvió a caer en la dictadura”, y subrayó el papel de una nueva generación que ha devuelto la esperanza a su nación: “El gran paladín de esa nueva generación son María Corina Machado y Thor Halvorssen”. 

Recordó además que, durante su formación en Inglaterra, Thor descubrió las ideas de John Stuart Mill y Jean-Jacques Rousseau, y que los episodios familiares que vivió —la persecución de su padre y el atentado contra su madre— reforzaron su convicción de dedicar su vida a la defensa de la libertad y la dignidad. “Él además se ha concentrado en que no basta con decir los mejores discursos a favor de la libertad y la dignidad: hay que actuar, hay que organizarse, hay que saber comunicarse, hay que convencer al adversario, y en todos esos campos ha sido un modelo para su generación, para el país y para el mundo en general”, concluyó.

Tras la lectura del laudatio, el rector invitó a Halvorssen a prestar juramento ante el claustro. La universidad le impuso el birrete laureado y le entregó el título impreso en papel de plátano —una hoja de cambur, símbolo de las rutas atlánticas que unieron ambos mundos—, junto con un anillo elaborado con piedra del barranco de Mogán, el libro De rege et regis institutione, de Juan de Mariana, que desarrolla la teoría del tiranicidio, y la manzana dorada de las Hespérides, “símbolo de la sabiduría siempre esquiva que buscamos en la universidad”.

Ya investido, el nuevo doctor dio inicio a la lección inaugural recordando los hechos que lo habían llevado a consagrar su vida a la defensa de la libertad. “No escogemos el momento histórico en que nacemos ni las tormentas que nos tocan. Solo podemos escoger cómo reaccionamos ante las cartas que el destino nos reparte”, dijo. Relató la detención arbitraria de su padre —“lo mantuvieron incomunicado durante ocho días… la idea era suicidarlo en la cárcel”— y el momento en que vio por televisión a su madre herida durante una protesta. “Comprendí que la oportunidad y la libertad no son conceptos académicos, sino experiencias vitales”, afirmó. 

En medio de ese relato, hizo una pausa para compartir una memoria personal. “Cuando mi papá sufrió aquella calamidad, un hombre que no era de nuestra familia decidió pagar mi matrícula en la Universidad de Pensilvania. No me conocía bien, pero creyó en mí. Fue Marcel Granier quien apostó por mi futuro cuando el presente parecía perdido. Hoy, después de tantos años, me complace poder darle las gracias públicamente, no como beneficiario, sino como compañero en la lucha por la libertad de nuestro país. Gracias Marcel”. De esas vivencias nació la Human Rights Foundation, creada en 2005 “para defender a las víctimas de regímenes autoritarios y promover la democracia liberal”. Desde entonces, añadió, lo guía una certeza: “El silencio es la antesala de la barbarie”.

En su intervención explicó con claridad la distinción fundamental entre las dos grandes generaciones de derechos humanos. Por un lado, los derechos civiles y políticos, o libertades negativas —el derecho a la vida, a la integridad, a la expresión, a la propiedad o a la asociación—, que exigen que el Estado no interfiera en la libertad del individuo. Por otro, los derechos económicos, sociales y culturales, o libertades positivas, que dependen de la acción estatal para proveer bienes o servicios como la educación, la salud o el trabajo. “Un derecho —dijo— es un principio moral que garantiza la libertad de acción de un individuo en una sociedad. Tengo derecho a buscar la felicidad, pero no a ser feliz a expensas de otro”. Desde esa concepción liberal clásica, advirtió que los regímenes que prometen bienestar a costa de la libertad terminan negando ambas cosas, como demostró la historia de la Unión Soviética, Cuba o Venezuela. Recordó, además, el debate que marcó la Declaración Universal de 1948, cuando un delegado soviético afirmó que prefería “un mundo de esclavos bien alimentados” y Occidente replicó que el ideal debía ser el de “hombres libres”. De esa tensión —entre dignidad como libertad y dignidad como bienestar otorgado—, dijo, nació la confusión que aún persiste. “Si tu libertad exige la servidumbre de otra persona, eso no es libertad, eso es poder”.

Citando a Ayn Rand, de quien tomó inspiración filosófica, sostuvo que “el derecho a la vida es la fuente de todos los derechos y el derecho de propiedad es su única concreción práctica. Sin derechos de propiedad, ningún otro derecho es posible”. Denunció que “más de cinco mil millones de personas, el setenta y dos por ciento de la población mundial, viven bajo regímenes autoritarios” y criticó que “las Naciones Unidas sientan a Cuba y a China en su Consejo de Derechos Humanos: el verdugo preside el tribunal”. Sin embargo, celebró que hoy el lenguaje público haya cambiado: “Ya no se habla de dictaduras de izquierda o de derecha, se habla de autócratas y de ciudadanos libres”.

Para concluir, evocó la imagen del periodista Jacob Riis: “Un cantero golpea una piedra cien veces sin que aparezca una grieta, hasta que al golpe ciento uno se parte en dos. No fue el último golpe lo que lo hizo, sino todos los anteriores”. Mencionó el poema de una joven norcoreana, sobreviviente de un campo de concentración, que preguntaba desde su encierro: “¿Hay alguien ahí?”.  Ese silencio, advirtió, es el enemigo que debemos derrotar, porque nuestra tarea al final es sencilla y también gigantesca: responder a esa voz y decirle que sí estamos aquí. Y cerró con las palabras de Dietrich Bonhoeffer y Elie Wiesel como brújulas morales para nuestro tiempo: “El silencio ante el mal es en sí mismo malvado (…) La neutralidad ayuda al opresor, nunca a la víctima”. “La libertad no se hereda, se defiende. Y defenderla una y otra vez es siempre una rebelión contra el silencio”.

La jornada había comenzado con la intervención del rector, Gabriel Calzada, quien contextualizó el significado de la ceremonia y de la fecha escogida. “Qué día más bonito para tener una lección inaugural y homenajear a alguien con un doctorado honoris causa —recordó—, dos días antes de que celebremos el derribo y no la caída del muro de Berlín”. En su discurso trazó un puente histórico entre la búsqueda de nuevos horizontes emprendida por Cristóbal Colón en las islas y la aventura del pensamiento que siglos más tarde encarnaría la Escuela de Salamanca. Citó a Francisco de Vitoria y su Relectio de Indis de 1539, en la que el teólogo afirmaba que “el hombre fue creado en libertad” y que “por derecho natural todos los hombres, sin exclusión, son libres”. El rector evocó aquella raíz común de los derechos humanos y lamentó que “la intoxicación que el socialismo, el nacional socialismo y el estatismo en general llevaron a cabo de la idea de los derechos humanos” hubiese desviado su sentido original. Recordó que la Human Rights Foundation, fundada por Thor Halvorssen, había contribuido a recuperar esa tradición y a colocar de nuevo la lucha por los derechos humanos “en el lado del bien”.